A mis catorce o quince años, la literatura obligatoria de la escuela me parecía, a veces, un eco lejano. Nos hablaban de héroes de mármol y de batallas épicas, pero yo buscaba algo que se pareciera más a mis propias dudas. Fue entonces cuando cayó en mis manos un libro de la Editorial Pueblo y Educación, con un título que sonaba a tango viejo y a promesa: El día que me quieras, de Julio M. Llanes.
No sabía entonces que Llanes era ya un autor multipremiado (luego me enteré de sus premios La Edad de Oro y La Rosa Blanca). Para mí, en aquel momento, era simplemente alguien que había logrado meterse en la cabeza de dos adolescentes cubanos: Ana Sol y Yoel.
Leer esa novela en mi adolescencia fue un ejercicio de espejo doloroso y sanador. Frente a la sensibilidad planificada de Ana Sol, yo encontraba mis propios deseos de comerme el mundo; frente a la tormentosa realidad de Yoel, un muchacho marcado por la violencia familiar y enviado a una escuela de conducta, entendí por primera vez que los "malos de la película" suelen ser, en realidad, los más heridos.
Llanes no nos pintaba una Cuba de postal. En sus páginas aparecían esos maestros agobiados por la amargura que todos tuvimos alguna vez, esos métodos antipedagógicos que nos dejaban cicatrices morales. Pero también nos regalaba el refugio de Gustavo, ese director de la escuela especial que entendía que educar no es castigar, sino salvar.
¿El verdadero logro del libro? Presentar las luces y las sombras de nuestra sociedad sin panfletos, desde la crudeza y la ternura de la edad en que todo se siente a flor de piel.
Si algo hace que esta novela resuene con una fuerza desgarradora en la actualidad, es un detalle casi profético de la trama: los mensajes que Ana Sol y Yoel ocultaron debajo del busto de Martí, destinados a ser leídos veinte años después.
Si calculamos el tiempo desde aquellos años 90 en que se desarrolla la obra, o incluso desde que el libro caminaba de mano en mano a inicios de los 2000, ese plazo de veinte años ya se ha cumplido. Esos niños del "fin de siglo" somos los adultos de hoy.
Para el público cubano actual, releer o descubrir esta obra no es un mero ejercicio de nostalgia. Es una pregunta incómoda y necesaria que nos golpea el pecho: ¿Qué pasó con los proyectos de aquella generación?
Hoy, cuando el escepticismo parece ganarle la partida a la esperanza, el libro de Llanes adquiere un valor casi terapéutico. A pesar de las vicisitudes, de las recaídas y las tristezas que narra, en sus 123 páginas prevalece una idea que hoy nos urge rescatar: la confianza en el ser humano y el sentido de pertenencia.
Al cerrar el libro en mi adolescencia, sentí la necesidad de ser mejor persona. Hoy, al recordarlo, siento la necesidad de no olvidar de dónde venimos, de saber que debajo de las ruinas y las contradicciones de cualquier época, siempre habrá dos jóvenes intentando descifrar el mundo, buscando ser reconocidos emocionalmente, y esperando que alguien, finalmente, los quiera.
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