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domingo, 2 de agosto de 2026

Hospital

La sala de espera del cuerpo de guardia estaba repleta, desde bebés hasta muchachos que doblaban las estaturas de sus madres. Pedimos el último pacientemente…

Yeilén Delgado Calvo
en Exclusivo 02/08/2026
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Hospital
Hay madres y padres que ahora mismo viven el infierno al pie de la cama de sus hijos en un hospital. Foto tomada de savalnet.com.py

En una libreta, por esos días, garabateé: el infierno debe parecerse a esperar al borde de la cama del hijo en un hospital ¿Excesivo patetismo? Puede ser. Pero cuando se ve a un hijo sin fuerzas, sin hablar, quejándose de dolor, la desesperación que se siente es real, no importa que nuestra parte racional sepa que es una afección común, de la cual saldrá rápido.

Aquella tarde, una virosis o una indigestión nos llevó al cuerpo de guardia del pediátrico de Centro Habana. El niño no paraba de vomitar. Nada era efectivo. No toleraba ni las sales de rehidratación.

Cuando salimos de casa con él en brazos, nos tropezamos con el primer triciclo. El chofer esperaba a que se llenara, pero cuando supo que íbamos hasta el pediátrico decidió arrancar enseguida y recoger por el camino. Al llegar, los otros pasajeros nos ayudaron a bajar con mucho cuidado.

La sala de espera del cuerpo de guardia estaba repleta, desde bebés hasta muchachos que doblaban las estaturas de sus madres. Pedimos el último pacientemente y nos sentamos a esperar con disciplina. Había tres médicos, nos dijeron, pero como estaban indicando ingresos y debían hacer mucho papeleo, demoraba.

Una madre discutía con una doctora. La doctora se negaba a inyectarle una medicina determinada a su bebé. La madre insistía bastante descompuesta. No sabíamos de parte de quién estaba la razón. El clima era muy tenso.

Yo miraba con el corazón apretado a mi hijo, pálido y lloroso, cuando un médico que había estaba pasando entre los asientos y observando a todos los niños que esperaban –luego supimos que era el director– me preguntó si tenía fiebre. Le dije que en ese momento no y le conté todo lo que había pasado hasta entonces.

“Hay que ponerle un suero enseguida y después ingresar, mamá”. Nos llevaron a la enfermería. Sobre la camilla veía más pequeño a mi hijito, que descubrió entonces lo que son las inyecciones y la canalización de una vena.

¿Para qué contar nuestra angustia ante su dolor y su miedo? Fueron varias horas de cantarle canciones bajito, de contarle cuentos, y hasta de reírnos de algunas de sus ocurrencias, como decir que la enfermera no venía a quitarle la aguja porque él no le importaba.

Y en esas horas vimos de todo: médicos que no paraban (uno nos confesó que habían visto en la guardia unos 200 casos, 180 de los cuales tenían la misma sintomatología: vómitos, diarreas, fiebre); niños llegando completamente desmayados por la deshidratación; familias negadas al ingreso…

Vimos a los doctores preguntando a la enfermera qué medicamentos tenía y haciendo malabares para indicar lo necesario, incluso a niños con días de nacidos; por suerte había sales, sueros, metoclopramida, gravinol, jeringuillas desechables, mochitas, esparadrapo; aunque todo controlado con el rigor de la escasez.

Con un estremecimiento pensé qué hubiera pasado de no haber nada de eso –como bien pudiera suceder – o si se acababa. Aquella no era una atención perfecta, no puede serlo cuando se administra la carencia, cuando tanto el personal como las familias están atravesados por una crisis brutal y, por ende, cansados; pero funcionaba y salvaba niños, y a mí eso me pareció una heroicidad tremenda.

Finalmente, cuando se acabó el suero indicado, un médico valoró a mi hijo otra vez, nos pidió darle líquidos a ver si los toleraba, y un rato después nos dejó marchar a casa, con las sales de rehidratación y cuidadosas instrucciones.

Salimos cerca de la medianoche, para descubrir que el hospital era lo único alumbrado en medio de un apagón que dejaba las calles adyacentes como boca de lobo. Sin nada que perder, me acerqué a un taxi que llegó entonces, dispuesta a dejar todo el efectivo que hiciera falta en una vuelta segura a casa, y al baño y el sueño que mi hijo necesitaba.

El chofer nos contestó que le diéramos lo que fuera. No era mucho lo que traíamos encima y le dijimos que en casa le daríamos más, pero cuando llegamos nos aseguró que no era necesario y arrancó en medio de la oscuridad.

Como predijo el médico, con paciencia y poco a poco el niño mejoró, volvió a comer con su acostumbrado apetito de T-Rex, ganó el peso perdido y el temor que vivimos quienes lo amamos quedó atrás.

Pero en el hospital siguen los médicos afanándose y muchas familias con largas y dolorosas estadías; hay recursos esenciales ausentes y falta no solo el dinero sino la vía oficial para adquirirlos. Los cortes de energía se convierten a veces en una emergencia que pone en vilo la vida. Además, las condiciones de insalubridad reinantes en nuestras ciudades favorecen brotes y contagios; y la alimentación no es ni la adecuada ni la necesaria.

Porque nos queda sensibilidad y bondad; porque tenemos conocimiento y pericia; porque cuando la guerra llega a los hospitales es que hace mucho tiempo quienes la promueven perdieron la humanidad; nos merecemos que se levante el bloqueo petrolero a Cuba y todas las sanciones.

Hay madres y padres que ahora mismo viven el infierno al pie de la cama de sus hijos en un hospital, y muchos de ellos saben que no es una afección común, que no saldrán rápido. Ellos viven, creo yo, la peor parte de este asedio, que no se ve pero que mata.


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Yeilén Delgado Calvo

Periodista, escritora, lectora. Madre de Amalia y Abel, convencida de que la crianza es un camino hermoso y áspero, todo a la vez.


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