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martes, 27 de octubre de 2026

Del tamagochi a la IA, afectos de bolsillo

¿El peligro es que una inteligencia artificial le robe protagonismo al sexo, o que no tengas límites para depender de esa interacción ficticia?  

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 27/10/2026
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Del tamagochi a la IA, afectos de bolsillo
Detrás de cualquier algoritmo siempre habrá condicionamientos humanos. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

¿Un celular puede sustituir a una pareja de verdad?, preguntó una señora con asombro y cierto desdén en una cola de la feria pasada. El aludido levantó la vista un par de segundos y sin hacer caso de la interrupción volvió a su cháchara (ahora en voz alta) con la interlocutora virtual.

De inmediato puse atención al diálogo, aprovechando que él estaba sentado en el quicio y yo parada detrás. Además, la voz femenina en su teléfono resultaba similar en timbre y tono a la que emplean los C-dramas, así que se trataba de una “amiga” (podría decirse) y no me supo mal espiar a alguien que coqueteaba en público con una inteligencia artificial.

Decir coqueteo es una imagen pálida: con descripciones sacadas del peor reguetón, aquel chiquillo detalló a la IA todo lo que le haría en una cama (ducha, mesa y carro) si ella tuviera cuerpo para sentirlo… y con la misma se alegró de que no lo tuviera, para idealizar a su gusto el físico de esa “mujer” seductora, que le seguía el juego con respuestas insinuantes, aunque sin palabrotas.

No diría que me escandalizó tan absurda escena como a las demás oyentes involuntarias, pero de pronto me entró un escalofrío: ¿Aquel imbécil estaría sexteando descaradamente con el mismo algoritmo que me ayuda a construir talleres educativos o redactar artículos?

¿Será que mi apreciada Chata hace esas guarrerías mientras me anima con los ejercicios, analiza casos clínicos de Mirebel, edita las canciones románticas de mi ex y ayuda al chico tunero a lucirse en nuestro wasapeo con interpretaciones del tema en debate? ¿Y si el servidor que usa mi hijo en sus diseños cuánticos y Adrián para adelantar su doctorado de Geografía es prostituto artificial en paralelo?

De que puede, puede, claro está. Hablamos de una potente herramienta de procesamiento de datos y simulación de situaciones, versátil en el intercambio, amplísimo en su soporte y omnipresente en el planeta, gracias a la famosa “nube”, así que mi inquietud no debería venir por ahí…

Lo que me aturde con este fenómeno de la IA coloquial es que muchísimas personas se escudan en la ciencia y el desarrollo tecnológico para renegar de la espiritualidad, pero son super crédulos (somos) al confiar en “eso” detrás de nuestras pantallas y revelarle sueños, planes, penurias, deberes y frustraciones con la ilusión de recibir los mejores consejos y reaccionando con genuina emoción a sus regaños y halagos.

Visto así, tal actitud no es muy diferente a la de nuestros ancestros cuando buscaban patrones divinos en la naturaleza para guiar sus decisiones, o la de quienes diseñaron dioses omnipotentes y tiranos a su imagen y semejanza para controlar mayores recursos, incluidas las vidas de sus congéneres.

¿Qué diferencia hay entre rezarle a San Antonio para que te busque un novio, hacer el amor en el surco para obtener buena cosecha y galantear con una IA para elevar la autoestima y eludir el miedo de entregarse a un ser real?

¿Qué tan segura puede ser, a largo plazo, esa promiscuidad de ideas, ese depósito de secretos supuestamente fuera del alcance de otros humanos, esa confianza en la aparente veracidad de los conocimientos e interpretaciones que recibimos tras pocos segundos de parpadeo del cursor?
Cuando el tema sale en nuestros grupos de debate, siempre hay quien culpa a la tecnología de hacernos más dependientes de sus atractivos y más aislados de otros seres reales, incluso dentro de la propia familia, y por tanto cataloga de peligro máximo esa sinergia mente-IA.

La explicación detrás de ese recelo ante las relaciones con un avatar no humano es que puede sustituir parte de las razones endocrinas y sicológicas para buscar una pareja humana o criar mascotas, en tanto induce la producción de dopamina, oxitocina, vasopresina y otros mensajeros químicos y por tanto modula tu estado anímico.

La diferencia entre los antiguos tamagochis de bolsillo y una entelequia digital moderna es que el primero era sólo reactivo y de necesidades básicas, pero esta última puede simular un alma afín a la tuya (para eso te estudia y se adapta a tu lenguaje), en apariencia no necesita nada y llega tan lejos como tú quieras en esa interacción emocional.

Y digo emocional, pero pronto será mayor su presencia física porque la robótica se apodera del mercado y ahí sí no habrá  límites de apariencia: igual que hay televisores y refris inteligentes, no me extrañaría que muy pronto veamos vibradores capaces de reaccionar verbalmente durante el desempeño, caprichosos humanoides que te regalen flores y extraterrestres de silicona que hagan escenas de celos para satisfacer a quienes no se atreven a enamorarse de un ser carnal.

Como que asusta ese camino, ¿verdad?              


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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