No había la actual crisis del transporte público en los 80 del siglo pasado, pero la aglomeración de candidatos a viajeros en la Terminal Interprovincial de Santa Clara era enorme, y las salidas de una guagua cada menos de una hora no era suficiente.
Había que solicitar un diminuto papelito con un número acuñado, firmado, con la fecha y otras marcas de modo tal que no pudieran falsificarse, pero había una válvula de escape que era pedir turnos para varias rutas con el propósito de adelantar por tramos.
En un viaje desde Santa Clara hacia Sancti Spíritus, también hicimos la cola hacia Placetas, Fomento y Encrucijada para quedarnos en el primero, La Villa de los Laureles, y de ahí tratar de llegar al destino o hacer otras escalas en Cabaiguán o Guayos.
No cupimos en el ómnibus para la ciudad espirituana, pero un vehículo extra hacia Placetas sorprendió a todos, y fue la oportunidad en que, sin pensarlo mucho, lo abordamos con la celeridad de los piratas al asaltar los buques.
En la medida en que se acercaba la noche, bajaba la temperatura, que al siguiente día fue informada como récord la registrada en Cumbre, una zona muy cercana a Placetas, de donde pudimos salir congelados al siguiente día.
Uno de nosotros, tartamudeando y temblando, dijo: salimos de Guatemala… pero fue interrumpido por otro al que le gustan las precisiones y exactitudes: Oye, nosotros estábamos en Santa Clara, despierta que no estamos en ningún aeropuerto.
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Sin hacer caso al inoportuno rectificador, continuó: salimos de Guatemala, la mala, y caímos en Guateapeor porque por culpa tuya nos montamos en la guagua porque nos embullaste para venir a Placetas, con estos abriguitos que no tapan nada.
Hace pocos días, encontré al dicharachero compañero de aventuras viajeras, y sus palabras de saludo fueron: Oye, cambié el significado del dicho porque ahora nada está tan malo que no se pueda poner peor.
Y continuó: aquello era que, tratando de buscar solución, nos metíamos en un problema mayor, pero ahora es que estando en Guatemala, debemos disfrutar lo bueno que haya mientras nos preparamos para llegar a la próxima terminal que puede ser en Guatapeor.
Ambos recordamos los días en que creíamos que padecíamos la peor de las situaciones del transporte público, y reímos cuando se refirió a que en una de mis coberturas periodísticas dije que gracias al Ministerio de Transporte y no al de Cultura había leído muchos libros porque la oportunidad la daba esperar tanto en las terminales.
Resultó que antes de comenzar la reunión final de un chequeo a los servicios ferroviarios, hice ese comentario sin ver que entraba el entonces ministro del ramo, Antonio Enrique Lussón Batle, quien me miró sonriente.
Pues bien, como que nada está tan malo que no se pueda poner peor en Guatemala, vamos a disfrutar lo bueno que hay, y sin perder el buen ánimo, prepararnos para lo peor, y si no sucede nada malo, pues mucho mejor.

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