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martes, 11 de agosto de 2026

Bienvenidos sueños

Parece que la edad no impide fantasear si no renunciamos al estímulo adecuado…

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 11/08/2026
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Miro a mi madre, sentada su balcón celular en mano, y sonrío: Sola o acompañada, con internet o con alguien tangible. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)
Miro a mi madre, sentada su balcón celular en mano, y sonrío: Sola o acompañada, con internet o con alguien tangible. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora) (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Dávila baja tempranito a tomar café. Su mirada luce más distraída que de costumbre y cierto rubor acompaña una medio sonrisa inquietante. Sirvo el desayuno y la observo en silencio, esperando que se decida a hablar.

“Tuve un sueño raro…”, inicia con un balbuceo y se sonroja aún más. “No sé si por los dramas chinos de internet o por ver fotos de tu padre de joven, pero era tan… tan…”. Toma otro sorbo de leche y cambia el tema sin mucha transición.

A pesar de sus 81 años, mi mamá no es nada pacata (madre de gata, no podría huir de los ratones). Que le dé pena hablar de sueños eróticos me hace gracia, así que decido provocarla para conocer detalles.

Nuestra amiga Real se suma al cuqueo, y a tanto insistir, la doña cuenta que fue algo confuso, pero muy excitante, y aunque sabe que la mente no envejece a la par del cuerpo, se despertó sobresaltada por una experiencia tan lejana ya.

Es el calor, le digo a modo de consuelo, pero ella cree que la burlo. ¿Acaso el cambio climático nos hará cada vez más básicos en nuestros instintos?, reprocha. Entonces confieso que yo también he tenido noches así últimamente y su defensa es bastante pueril: “¡Eso no se vale! Tú eres más joven y tienes marido. Yo soy una vieja jubilada de la vida”.

En realidad, se “jubiló” temprano. A los 50 optó por el celibato para no aguantar paquetes machistas, no sólo los habituales de la convivencia, sino incluso los de aventuras ocasionales, de las que tuvo algunas muuuy discretas, por lo general con hombres de su círculo profesional.

El novio de nuestra amiga, mi ahijado de broma, se suma al relajo con sus frases de doble sentido. A pura risa hacemos la mañana con la vieja, quien de pronto decide abrir su caja de recuerdos sentimentales y habla picante de las relaciones más significativas de su etapa madura.

Consulte además: Lo que se hereda

Esa actitud me recuerda a mi abuela materna. Cierta vez nos atrapó cuchicheando (yo estaba recién casada por segunda vez) y sin más preguntó en qué intrigas sicalípticas andábamos nosotras que no pudiera escuchar ella también.

Ambas quedamos boquiabiertas y la miramos con genuino espanto: mi abuela tenía apenas noveno grado y trabajó como obrera desde niña, así que esa palabreja en su boca sonaba totalmente anacrónica.

Molesta con tanta incredulidad, decidió demostrar que no era tan rígida como la creíamos: “Una vez lo hice en la cocina”, declaró desafiante, y barbilla en alto nos dio la espalda para seguir barriendo el patio, orgullosa de su osadía.

Hoy esa historia parece infantil, pero imagen la escena casi un siglo atrás… Mi abuela se casó de pura casualidad a los 27 años y sólo unos meses después se divorció, ya embarazada. Luego tuvo par de novios (ya pasaba de 50 años) que despachó rápido por “atrevidos”.  De ellos apenas quedaron un juego de dominó de plomo y calamina y el vago recuerdo de un paseo en tren al pueblito de Caraballo.

La mamá de mi abuela enviudó joven, ya con cuatro hijos. A los tres años de esa desgracia quedó paralizada de una pierna y su calvario se agudizó. ¡Ni soñar con volver a casarse! Yo era niña cuando murió, a una edad avanzada y con una extensa soledad acumulada.

La amiga Mirebel, loquera profesional en Senti2Cuba, seguro me diría que tal karma en las mujeres de mi estirpe lleva una consulta de biodescodificación o constelaciones familiares. Es algo que aún tengo pendiente, pero al menos sé que en mi generación se cortó el mal rollo, primero porque parí varón y segundo porque me acerco a los 60 con un hombre a mi lado.

Claro que la crianza del pasado siglo no permitía hablar de estos temas con tanta confianza, pero dudo que mi abuela, mi bisa y mi tátara no tuvieran esos “inconfesables” sueños eróticos alguna que otra vez…

Busco en internet el significado de tales fantasías oníricas. Hay tantas opiniones contradictorias que decido obviarlas. Después de todo, el sexo es natural, como comer o respirar, aunque no haga falta para mantenernos vivas… ¿O sí?

Miro a mi madre, sentada su balcón celular en mano, y sonrío: Sola o acompañada, con internet o con alguien tangible, ¡ojalá llegue yo a esa edad con tales experiencias nocturnas!

Consulte además: Sueños humedos


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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