Regresar al lugar donde uno nació debería parecerse a volver a una fotografía conocida. Reconocer las calles, buscar una esquina, encontrar una voz, comprobar que algunas cosas permanecen donde las dejamos.
Pero la ciudad de la que me escapé, San Germán, Holguín, ya no cabe del todo en mis recuerdos.
O quizá sí. Quizá mi pueblo continúa ahí, debajo de las fachadas deterioradas, detrás de las puertas que permanecen cerradas, en los parques donde todavía sobreviven algunos árboles y, sobre todo, en la memoria de quienes se quedaron.
Volví en julio de 2026 y tuve, varias veces, la sensación de caminar por una ciudad que se quedó esperando.
La primera imagen apareció desde el ferrocarril. A la entrada del pueblo, una antigua cafetería yace entre escombros. Alguna vez recibió viajeros, ofreció café y sirvió de punto de encuentro. Ahora apenas quedan rastros de aquella vida.
No sé si existe una manera más precisa de anunciar la llegada a una ciudad que mostrarle al visitante lo que ha perdido.
Por carretera aparece otro de los grandes símbolos: el central Urbano Noris. Durante años fue mucho más que una fábrica de azúcar. Sus jornadas organizaban la vida del pueblo. El coloso llegó a alcanzar una capacidad de molienda de 680 mil arrobas diarias y se convirtió en uno de los mayores de su tipo en el país. Pero las cifras, por grandes que sean, no explican lo que aquel lugar significaba. Lo explicaba un sonido.
El pito del central era el reloj de San Germán. Marcaba el comienzo y el final de las jornadas, anunciaba el movimiento de los trabajadores y formaba parte de la banda sonora cotidiana. Para varias generaciones, aquel sonido era tan natural como levantarse, ir a la escuela o esperar el regreso de alguien.
Hoy el pito ya no suena. El silencio que dejó quizás fue el primer anuncio de otros silencios.
Las antiguas instalaciones industriales permanecen como testigos de una época en la que la caña de azúcar parecía garantizar el futuro. Algunas estructuras sirven ahora de refugio o vivienda para moradores. El central no desapareció de golpe. Se fue quedando sin voz. Y algo parecido ocurrió con San Germán.
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Camino por las calles donde corrí, aprendí a montar bicicleta, encontré amigos y regresé tantas veces de la escuela. Paso frente al parque de los encuentros, por aquella calle conocida, frente a la casa donde vivía un amigo. Los lugares continúan ahí, pero han cambiado de una manera difícil de explicar.
Hay parques deteriorados, falta iluminación, se acumulan desechos y algunos edificios esperan una reparación que no llega. En el centro de la ciudad todavía permanecen las huellas de un incendio ocurrido meses atrás.
Hay heridas que el tiempo no cura por sí solo. A ellas se suman problemas que terminan convirtiéndose en una forma de vida: la falta de agua en un municipio marcado, además, por sus suelos salinos; los apagones; la escasa cobertura.
La desconexión tiene otra consecuencia, menos visible y quizás más profunda. ¿Cómo pedir ayuda cuando ocurre una emergencia? ¿Cómo avisarle a quien está lejos que alguien enfermó, que una casa tuvo problemas, que hace falta algo?
Le hice esa pregunta a la madre de un colega.
—Nos mandamos mensajes. Fotos también. En algún momento llegarán.
Hizo una pausa.
—Quizás fuera de tiempo, por las horas sin corriente y sin conexión. Ahí vamos.
Ahí vamos. Dos palabras sencillas que resumen una manera de resistir.
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San Germán también es una ciudad de ausencias. Hay amigos que ya no están. Compañeros de escuela que se fueron. Familiares que cruzaron fronteras o buscaron otra ciudad donde comenzar de nuevo. El pueblo ha visto partir a demasiados.
A veces uno parte porque puede. O porque necesita encontrar un sitio donde imaginar el mañana. Porque permanecer puede sentirse como habitar en un barco detenido en medio del agua. No corresponde juzgar a quienes decidieron saltar. Yo también lo hice.
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Una ciudad, un país, pierde mucho más que habitantes cuando estos parten. Pierde conversaciones, cumpleaños, negocios, proyectos, amores, discusiones, juegos de pelota, encuentros casuales. Pierde sonidos. Pierde movimiento. Y poco a poco pierde, incluso, la posibilidad de imaginarse a sí misma dentro del futuro.
Al caer la noche, cuando faltan la electricidad y la conectividad, los vecinos salen al frente de sus casas. Conversan. Esperan. Resisten. En una ciudad con tantas carencias, acompañarse también es una forma de supervivencia.
Esa es, tal vez, una de las razones por las que San Germán todavía no se ha rendido.
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El pueblo lleva el nombre de San Germán por San Germán de Auxerre, obispo francés asociado por la tradición cristiana con la solidaridad y la comunión de los bienes.
No sé cuánto puede decir hoy una historia tan antigua sobre un pueblo que atraviesa circunstancias tan distintas. Pero mientras camino por sus calles pienso que necesita precisamente eso: volver a sentirse ciudad. Recuperar la confianza y los servicios. Devolver utilidad a los espacios públicos. Abrir puertas. Y, sobre todo, crear condiciones para que quedarse vuelva a ser una opción.
Por eso prefiero pensar que San Germán está dormido. Que lleva demasiado tiempo en un letargo profundo, incómodo, lleno de sueños rotos. Pero dormido no significa muerto.
En algún momento tendrán que volver los colores. Por el bien de quienes se quedaron. Y también por el de aquellos que, un día, decidimos marcharnos.
San Germán, Holguín. La ciudad donde nací, crecí y aprendí a mirar el mundo. La ciudad de la que alguna vez me fui y a la que regreso con una mezcla difícil de separar: tristeza y pertenencia. Quizá por eso sigo llamándola mi pueblo.
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