Las duras batallas que enfrentamos los cubanos, cada vez más empinadas, nos obligan a buscar brújulas de resistencia en cualquier confín del planeta…
A veces la respuesta no está en el presente inmediato, sino en un proverbio milenario de origen japonés que parece escrito para nuestra propia idiosincrasia: “El secreto de la vida es caerse siete veces y levantarse ocho”. En su lengua original se escribe 七転び八起き y se lee con la cadencia de un mantra: nanakorobi yaoki.
Y, por supuesto, ello es aplicable con rigor absoluto al campo del deporte, ese espejo donde nuestra nación siempre se ha mirado para reconocer su grandeza.
El deporte en Cuba no es solo recreación; es un termómetro de nuestra capacidad de prevalecer sobre la escasez y el olvido.
Tuve la suerte, y la experiencia inolvidable, de asistir como reportero a los Juegos Olímpicos de París 2024. Allí, bajo el cielo de la Ciudad Luz, fuimos testigos de una realidad que no podemos maquillar: nuestro país experimentó retrocesos.
El descenso en el medallero no fue cuestión de azar. Influyeron la fuga de talentos, las limitaciones materiales y un contexto cada vez más complejo.
En Tokio 2020 (celebrados en 2021), Cuba terminó en el lugar 14, con 7 medallas de oro-3 de plata-5 de bronce y 15 en total. En París 2024 descendimos hasta el puesto 32, con apenas 2-1-6=9.
Sabor agridulce
Perdimos peldaños históricos, y la ausencia de medallas en disciplinas que antes aportaban alegrías nos dejó un sabor agridulce.
Sin embargo, en el deporte, como en la vida, el pitazo final de un partido es solo el inicio del entrenamiento para el siguiente. Casi de inmediato se trazó el propósito rumbo a Los Ángeles 2028: volver a ubicarnos entre los 20 primeros, priorizar los deportes estratégicos y lograr que el himno de Bayamo suene con mayor frecuencia.
Una situación parecida, aunque no idéntica, se presenta ahora en el horizonte más cercano: los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026.
El objetivo está escrito con tiza de orgullo: ubicarnos de nuevo entre los tres primeros países.
No es una meta menor. En San Salvador 2023 sufrimos un nuevo retroceso al terminar terceros, tras haber sido segundos en Barranquilla 2018, y después de décadas de hegemonía absoluta desde Panamá 1970.
México y Colombia crecieron. Nosotros nos estancamos. La historia se movió.
En San Salvador, Cuba sumó 196 medallas, pero quedó detrás de México (353) y Colombia (244).
Mística cubana
Ahora el reto es inmenso. El cinturón económico aprieta, limitando fogueos, implementos y nutrición.
Pero ahí entra la mística del atleta cubano: ese que es capaz de fabricar victorias donde otros solo ven carencias. La preparación se enfoca hoy en la eficiencia: ganar donde somos fuertes y pelear cada centímetro del proceso.
Nuestros deportistas saben que llevan sobre sus hombros no solo la aspiración de una medalla, sino la esperanza de un pueblo acostumbrado a luchar contra la corriente.
La economía puede estar apretada, pero el corazón competitivo del cubano mantiene sus dimensiones intactas.
Estamos en esa fase del proverbio donde, tras la caída, se sacuden las rodillas y se mira al frente.
Y como sé que los lectores de Cubahora tienen buena memoria, me despido con la misma promesa del inicio: no importa cuántas veces nos falte el aliento, siempre habrá un impulso más en la reserva:
七転び八起き
(nanakorobi yaoki)

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