El debate que durante días llenó las redes sociales sobre la pertinencia de validar o no determinado género urbano de la música posee hondas conexiones hacia el interior de la programación de la cultura en el país. Por una parte, se está hablando de establecer pautas desde instituciones que poseen un claro objeto social que se dirime en la procreación de ambientes de orden constructivo, pero en ese mismo tino, se obvia la esencia estructural de los géneros en cuestión y su relación con la repartición de signos en ese entramado en disputa que es la cultura. Nada resulta per se perjudicial, sino que debe verse en el contexto, porque allí es donde los fenómenos toman vida, se manifiestan en su esencia y poseen unas consecuencias.
Dicho de esta manera, la construcción de saberes desde la propia cultura del consumo no impacta aun en las lógicas de conformación de estos gustos, el entramado crítico de los medios es débil y no genera sinergia ni influencia y todo lo que se está viendo en esa materia conviene a la tendencia de un gusto amorfo, sin criterio, que se inscribe en la peor de las tradiciones de la marginalidad. Y es que está mal apartar al marginal, pero peor aún es elevar los símbolos que provienen de ese ambiente a una categoría sacrosanta en la cual no se da la necesaria transformación que deconstruya violencias, prejuicios, maneras de ver la existencia desde el clasismo del oprimido que no se libera pedagógicamente de los efectos de esas relaciones de poder. Porque la asimetría bajo la cual se está dirimiendo el consumo no solo es aquella que impacta a la juventud, sino la que valida transversalmente estilos de pensar y de sentir. Hay, en el reparto, por mencionar un ejemplo, un valor escondido quizás, una luz que puede que resulte rescatable, pero no se llegará hasta allí acríticamente.
¿Qué se quiere decir con un “reparto nuestro”? La asunción del género pudiera ser legítima, pero con la deconstrucción necesaria. No se puede pasar por alto la dimensión social del fenómeno, su cuestión formativa y la relación con los públicos. A la vez, mirar el consumo desligado de la ideología y de la disputa por los espacios culturales es algo que, si bien ingenuo, entra en las categorizaciones de lo resbaladizo hacia terrenos que nos desempoderan como nación. Cuba es una tierra de muchos géneros, algunos incluso denostados en su época, porque salían de los más hondo de las clases humildes. Había en las élites un resorte reaccionario que no permitía que lo de abajo se legitimara de inmediato. Casi todo lo que es cubano, primero estuvo mal mirado desde arriba, se le daba una connotación alejada de visiones cultas. Pero los procesos se imponen desde la lógica de la absorción y la imbricación y hoy no podemos hablar de los géneros puros, sino de la hibridación de saberes y prácticas. Es allí donde se está debatiendo en serio la cuestión del reparto. Pero las palabras no trascienden determinados estancos especializados o algunas burbujas de consumo en Facebook. Nada, absolutamente, ha hecho que los públicos en mayoría puedan poseer un criterio, asumir un reparto “propio” y desechar actitudes que a todas luces nos embargan de visiones no aportadoras.
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Más allá de los análisis con cierto nivel teórico, se requiere de una potabilidad de los procesos hacia los públicos. Los espacios de la crítica, que en el pasado jugaron un papel, como iniciativas en la radio y la TV (el caso icónico de Rufo Caballero), hoy no existen y cuando se lanza una canción o una frase, no hay valladares que detengan ni manos que construyan. Tanto la natural resistencia como el resorte del desarrollo provienen de ese acto de deconstrucción y no se van a dar en la medida en la cual la política cultural ha obviado en los últimos años que el proceso de consumo posee etapas, en cada una de las cuales conviene que se les acompañe a las personas. Por eso, por obviar el papel de la música en la conformación de actitudes, podemos rastrear determinadas marcas de comportamiento que hemos visto en las letras de los números más sonados en las redes sociales y en espacios de consumo.
¿Cuál es la violencia que se debe erradicar del consumo y del contexto de la música, así como en todo tipo de producto? Aquello que, sin que se trate de marcas sociales legítimas, atente contra los derechos de otros grupos de personas o sectores. Porque la agresión verbal, el lenguaje soez e insolente y las actitudes de validación de la mala procedencia no conducen a patrones que nos aporten. Nadie dejará jamás que un delincuente haga proselitismo de su experiencia e incite a otros, pero si se le coloca un background y de tal forma se le escucha como canción, quizás haya hasta una disquera que lo compre y llegue a ser un éxito. Los ejemplos están, solo hay que mirarlos. Y la apología de la peor versión de la humanidad no es lo que nos interesa.
Los valores y no los gustos son lo trascendente y el arte es un mecanismo validador, ya sea por oposición o reafirmación, de visiones, criterios, actitudes. Ahí hay que entrar a analizar también el mercado y sus tentáculos, la creación de gustos y de públicos mediante la publicidad y por ende su deformación adrede. Hace falta que, cuando se tomen cartas en esos análisis no se proceda a la cancelación, sino al estudio de manera natural de los procesos y a la explicación a través de los medios.
El consumo de reparto o de cualquier género que goza de la popularidad estará sujeto a entramados de fuerzas, será usado por uno y otro lado del espectro político, fungirá como la arena movediza de no pocos. Allí no existe nada firme, puesto que se trata de un fenómeno contemporáneo que muta con facilidad. Lo que concierne a los espacios críticos es el acompañamiento de los públicos, su educación, la sugerencia de determinado proceder ante la música. Porque, aunque el arte sea recreativo, nos hace mejores o peores y crea en nosotros el deseo de trascender o de hundirnos. Tanto un impulso como otro son parte de la vida, pero conviene que se les conozcan, que se les dé un papel y que en el campo de los símbolos haya siempre una voz que, sin discriminar, funcione como un faro
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