//

viernes, 2 de enero de 2026

Las parrandas entre el ritual y la soledad de la esfinge

Las parrandas son un acto de contemplación y quien las haya presenciado sabe a lo que me refiero…

Mauricio Escuela Orozco en Exclusivo 02/01/2026
0 comentarios
Las Parrandas
Las parrandas entre el ritual y la soledad de la esfinge

He seguido a lo largo del año varios procesos identitarios relacionados con el complejo cultural más diverso que poseen las fiestas populares cubanas. En este ciclo que se inicia y se cierra con parrandas en los pueblos de la región central hay varios elementos que establecen un equilibrio y arrojan resultados dispares. Por una parte, la continuación del suceso, el hecho de que se extienda sin interrupciones, son ganancias que vertebran hasta cierto punto su permanencia, su victoria; pero las parrandas son más que conmemoración, hay allí una realidad más honda que conviene destacar si se quiere comprender el fenómeno. La identidad nacional no está circunscrita a símbolos consabidos y pétreos, sino que opera más como un magma hegemónico que se contamina con sustancias históricas de cada contexto. 

Cuando se cierra el ciclo nacional, de inmediato se está abriendo otro. Las parrandas no terminan en la celebración del Zulueta el 31 de diciembre, ni poseen en Remedios —con toda la pompa, el lujo y el derroche que caracterizan esa festividad— su única cumbre. Hay que desenterrar un entendimiento que ya fuera formulado en tiempos anteriores y que tiene que ver con la noción de las parrandas como teatro popular, en el que cada presentación en las plazas y calles acontece como una escena improvisada. Aunque hay elementos que se reiteran y marcan el ritmo de la tradición, lo teatral garantiza una renovación constante e impone una expectativa creciente. Son esos ingredientes íntimos los que le otorgan a las parrandas esa sustancia que las beneficia, las revitaliza y las transforma resilientemente. Una vez más, lo intangible, lo que no se ve a simple vista, marcan la variedad, el disfrute y la evolución artística de la fiesta, haciendo que se trate de algo más que un jolgorio. Las parrandas son talleres formativos de oralidad, trasmisión de saberes artesanales, pedagogía cultural, difusión de conceptos de la historia y la apreciación de las artes. Hay rigor en una carroza, hasta el punto de estudiar sus temas y recrearlos de una forma original, rompedora, pero en el fondo canónica y apegada. 

Dice el filósofo Byung Chul Han en su obra que vivimos en la sociedad del cansancio, en la cual los rituales se han vaciado de contenido porque el ser no puede acceder a la contemplación y por ende mueren las bellas artes, el pensamiento crítico y creativo. Las parrandas son un acto de contemplación y quien las haya presenciado sabe a lo que me refiero. No son como el carnaval, que se vive desde la alegría absoluta —rayana en lo burlesco, lo grotesco, lo que se invierte en cuanto a orden y forma— cosa que transforma a las parrandas en una especie de desacralización de las emociones. Entre las calles y las plazas se viven sucesos que se mueven entre las categorías de lo sublime, lo conmovedor, lo hermoso y a veces lo triste. Hay un magma generoso que no se detiene solo en el oropel, sino que aspira a mucho más y lo logra.  

Analizando la génesis —Remedios— hay que anotar el regreso de temas novedosos en el área de la carroza, los cuales marcan una evolución no solo formal, sino de contenido. La recurrencia de elementos de otras áreas de las artes como el cómic y su adaptación a las parrandas es otro capítulo de un largo camino que ya transitó por manifestaciones como la música de concierto, el cine de autor, el videojuego, la oralidad y las diversas mitologías. Asimismo, el rejuego entre la decoración, el atrezo, la iluminación y la propia proyección en escena del vestuario hicieron de Remedios una plaza de lujo, que este 24 de diciembre marcó la realidad y lo virtual. A pesar de demoras en la organización, algunas quizás no justificadas; se hizo lo posible para que la producción del festejo no solo se diera, sino que aconteciera de manera remarcable. El homenaje a los ancestros, los llamados grandes de las parrandas, fue otro punto a destacar, como un encuentro entre el hoy y el ayer, que impide que se pierdan los lazos generacionales y le otorgan al rito sus funciones de aglutinar, prever, proteger. 

Las parrandas han sido vistas este año por las instancias institucionales como un asunto que posee espinas internas debido a su esencia diversa, contradictoria. Por una parte, la autonomía barrial que entra en confrontación con las visiones formales de dirección y la metodología arcaica; por otra parte, la necesidad de hacer una ruta de sustentabilidad económica para un proceso complicado, que no dispone aún del recurso infraestructural y que recurre a medidas de salvamento constante. Esta exigencia de las parrandas dentro de un constructo de contingencia perpetua las transforma en un hecho vulnerable, voluble, en el cual hay veces que se cuenta con todo y otras en las que prácticamente no hay nada materialmente hablando. La sustentabilidad no solo es tener una fuente confiable y contable para que se autosufraguen las fiestas, sino para rescatar el espacio de la producción de las parrandas y darle el sitio que tradicionalmente tuvieron de raigambre popular. Cuando se les otorgó el título de Patrimonio Inmaterial por la UNESCO, las parrandas fueron evaluadas como unas tradiciones que surgen de abajo, que se mantienen desde abajo y que dependen de ese abajo. Por ende, la relación entre las fiestas y otras instancias estará marcada siempre por las tensiones entre lo público y lo privado y la manera acertada o no de gestionarlo. 

El año 2025 fue uno en el cual hubo pueblos como Guayos que repitieron la hazaña de marcar con buenos proyectos, con ideas rompedoras —como la del desfile por los cien años de las parrandas de allí, en el cual hubo representación de todos los barrios cubanos—, pero a la vez fue un momento en el cual las fiestas pasaron por tensiones materiales de falta de electricidad, de tiempo, de materiales y por crisis de gestión tanto internas como externas que determinaron la dinámica de una intermitencia. Aún no es suficiente lo que se hace metodológicamente desde los centros de interpretación cultural acerca de la crisis parrandera. Resulta perentorio que las casas de cultura con sus departamentos de estudios populares, así como los centros de estudios comunitarios; se impliquen en el hallazgo de formas endógenas de comunicación, gestión y producción de las parrandas, para evitar que elementos vitales de las mismas perezcan. No todo es que se den las fiestas, no todo radica en la aparición material del hecho tangible. Hay que adentrarse más allá y analizar la trasmisión de saberes y su estado actual. Nadie o muy pocos se han preocupado por cómo la emigración ha afectado la continuación de las escuelas de oficios o la enseñanza a las nuevas generaciones. Todo eso está atravesado por una crisis material y espiritual de causas múltiples. 

Estas dinámicas complejas no se revierten en un día e incluso el hecho de que saquemos dos carrozas o dos trabajos de plaza puede que encubra las crisis no visibles que de pronto salen a la luz en este o aquel momento de la historia. Que las parrandas “se den” es bueno, pero no es lo único, también hay que evaluar el cómo, el cuándo, el dónde. Todos esos elementos circunstanciales conforman un imaginario frágil que va más allá de la artesanía y que le otorga al suceso su cualidad de arte popular. Una dimensión en la cual opera la hibridación de percepciones entre lo culto, lo masivo y lo cotidiano; porque que nadie olvide que en los rituales se aglutina, se agrupa y se produce un acrisolamiento diverso y contundente. 

Quizás haya que coincidir junto a Chul Han que en la posmodernidad los rituales están perdiendo peso frente a la velocidad del consumo. Pero en Cuba poseemos en las parrandas una poderosa arma que nos permite la contemplación de las artes. El teatro popular que no muere y que halla dentro de sí mismo los ingredientes para proseguir el juego serio de la creación. Esa es la noción que nos permite evaluar la fuerza de nuestra tradición y desde la cual la contemplación no es solo un hecho neutral, sino una toma de partido que nos salva de la banalidad y del mal hacer. Este 2026 se reinicia el ciclo ritual de las parrandas. Les toca a Camajuaní y Vueltas. Quizás veamos más de lo mismo o tengamos la oportunidad de vivir un cambio en la gestión y el entendimiento de las fiestas. 

Por lo pronto las parrandas son un suceso globalizado, que ha extendido sus fronteras más allá de lo físico tornándose líquidas y moldeables. El consumo las impacta desde las plataformas de redes sociales haciéndolas accesibles, pero también vulnerables, porosas. La tradición ha desarrollado nuevas zonas de conflicto de las cuales puede beneficiarse si se las gestiona con sabiduría. Las parrandas son como las esfinges de la antigüedad, siguen ahí a pesar del tiempo, del polvo del desierto, de los disparos realizados por las tropas de Napoleón a su paso por Egipto; pero a la espera de ser redescubiertas, relanzadas y brillar en toda su potencia. 


Compartir

Mauricio Escuela Orozco

Periodista de profesión, escritor por instinto, defensor de la cultura por vocación


Deja tu comentario

Condición de protección de datos