“La luz es el camino del hombre libre”, apuntó José Martí en su descolonizador ensayo “Nuestra América”. Y tal mandato luminoso, ascenso hacia la verdad y la emancipación, hacia ese sol del mundo moral que es la justicia, guió el actuar del más consecuente de los martianos, Fidel. Aquel barbudo vencedor, nacido en el oriente, en una madrugada de agosto, que muy temprano, para cultivar el triunfo de los humildes, emprendió la gran batalla cultural de la alfabetización, convirtió cuarteles en escuelas y promovió la lectura como necesidad revolucionaria. Aquel, y este, guerrillero eterno lideró mucho después la "Batalla de Ideas", para concretar sueños, para ser más libres y prósperos.
A cien años de brotar en Birán quién no dejó morir al Apóstol en su Centenario, compartimos estas semillas gráficas, de una figura tan refulgente que resulta difícil capturar, fijar o constreñir en unos trazos, en un par de composiciones o en una serie de obras. Válidas como intento, por ese gozo de ser vencidos por su irradiación y como propuesta de co-creación colectiva. Para conectar el liderazgo iluminador del eterno guerrillero con la fuerza poética y simbólica de la luz y el sol en la obra martiana. Para integrar mística y épica, las de aquel "soldado de la luz", que sembró entre ríos y "de cara al sol", su llama emancipadora, con las de quién la enarboló otra mañana de verano, en el ardiente y rebelde Santiago. Para “la muerte de la fiera y el triunfo del ala”.
La exposición “Guerrillero de la luz: del maíz a la gloria” discursa alrededor de la conocida frase ‘Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz’, atribuida a Martí, pero más bien de autoría conjunta. La versión de una frase del Apóstol en una carta a Maceo, que el Comandante promoviera, con un sentido ético expandido. Muestra a la vez de un procedimiento de resignificación y de intensificación revolucionaria de lo potencialmente luminoso, que fuera práctica recurrente de ambos políticos. Se trata de una gloria auténtica y descolonizada. Para nuestros “hombre de maíz”, la gloria verdadera no era un fin en sí mismo, sino una manifestación de la energía divina y un acto de reciprocidad cósmica. Era cumplir la tarea para la que fuimos moldeados como masa de maíz: nutrir y equilibrar el universo. En contraste con la gloria griega, el kleos o fama imperecedera cantada por los poetas europeos, la gloria mesoamericana era fundamentalmente anónima y funcional: ser la flor y el canto que alimentan el Sol. Según el mito maya el que buscaba fama por vanagloria se marchitaba. La mayor honra era darlo todo, la sangre, el corazón, la vida, el canto, para mantener el orden cósmico. Al igual que la espiga de maíz se desgrana para alimentar sin dejar nombre, la gloria era la fusión final de la energía personal con la gran energía del Todo.
El guerrero que moría en batalla alcanzaban un destino solar excepcional: acompañar al Sol Huitzilopochtli en su ascenso triunfal del amanecer al mediodía. Una muerte florida (xochimiquiztli), bella y honorable, porque se entregaba la vida para alimentar al Sol, astro que da la vida. Tras cuatro años, estos guerreros regresaban convertidos en colibríes o mariposas, libres y libando flores por la eternidad. De ahí, la presencia de este simbolismo en las obras de la muestra.
Con estos presupuestos se resignifica a Fidel, para activarlo en nuestra “creación práctica”. Dibujos y pinturas facturados desde un sustrato cultural abierto, desde un imaginario ideo-político mestizo y no acabado; con símbolos luminosos, para irradiar, en contrapunteos, Poesía y Revolución.
Términos y condiciones
Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.