“Te quedarás porque te doy cariñoooooo. / Te quedarás porque te doy amooooor. / Te quedarás cuando llegues al niiiidooooo / de mi corazoooon.
Miro el reloj: 11:35 p.m. La serenata etílica de mi vecino durará al menos hasta las tres de la mañana, así que no tiene sentido intentar dormir. Mejor Benny que reguetón, me consuelo, y abro la PC para adelantar trabajo a la luz de una lamparita de mesa.
Tengo un montón de tareas pendientes... ¿Por cual empiezo? Me cuesta decidir, y esa sensación es tan desesperante como la música ajena que no logro ignorar. Una mente abrumada es mal escenario para un cerebro neurodivergente, así que cierro los ojos y abro carpetas al azar: cualquiera será algo menos de lo que preocuparme luego.
¡¿Ordenar fotos?! Está bien: hace dos días escaneé algunas que temía perder por la humedad y aún no las clasifico. ¡Allá vamos, Pasado, a removerte un poco!
No vuelvas más si no piensas quedarte. / No vuelvas más si me guardas rencor, / pero quédate conmigo, mi vidaaaa, / si yo soy tu amoooor...
Es la tercera vez que canta lo mismo, así que debe estar atascado con un recuerdo de su juventud. ¡¡¡Tú!!! ¡Tú eres mi amor y nunca te dejaré ir!, grita el susodicho, y me divierte ese arranque de nostalgia. ¿Hablará de una exnovia o de la bebida? A través de las persianas lo veo abrazar la botella en un extraño baile cadencioso.
Tú eres mi gran amor, murmura otra vez, y yo vuelvo a mi mesa para tratar de concentrarme. ¿Cuántas veces escuché esa frase en mi vida? Peor aún: ¿cuántas veces la dije, creyéndola con sinceridad? ¡Qué cosa, eh!
Abro las fotos de varios ex y sonrío sin pizca de dolor ni resentimiento. De hecho, siento por ellos profunda gratitud. Conservar recuerdos e hilvanar historias me ayuda a percibir mi propia transformación.
Deja de pensar / en el fracaso que tuviste en el ayer. / Deja de soñar / con el pasado que no puede ya volver...
De algunos examores sí tengo noticias, frecuentes o esporádicas; de otros no sé nada hace tiempo, y aunque me apene reconocerlo, hay dos o tres que ni recuerdo nombre: son sólo sensaciones dispersas, sonidos, lugares, risas, objetos cotidianos que me remiten a su existencia.
A veces deseo revisitarlos a todos en una especie de balance de medio siglo de amores, pero no estoy segura de cómo funcionaría eso (emocionalmente, digo). Sobre todo para ellos. Podría aparecerme en sus casas, o asomarme a sus redes sociales, acercarme con una sonrisa muy casual y tomar fotos nuevas...
Pero, ¿para qué? Si están bien me alegraría, claro. Pero si les va mal y me da por intentar ayudarles podrían malinterpretarme, y eso reavivaría un rencor innecesario.
Además, ¿qué pensarían sus familias de ese atrevimiento? ¿Con qué derecho irrumpiría yo en sus vidas? Aunque me escude en que es mera curiosidad sin malevolencia, sé que es el ego quien dicta esas acciones y es arriesgado forzar tales reencuentros sin propósito claro.
“Te quedarás porque te doy cariño. / Te quedarás porque te doy amor. / Te quedarás cuando llegues al nido / de mi corazon.
¡Uf, se me pegó la cancioncita! Ahora me paso toda la semana tararéandola. Esos tics melodiosos son un fastidio y aún no he descubierto cómo neutralizarlos. Apenas logro sustituirlos con otro sonido, igual de persistente, pero elegido a voluntad. Eso de un clavo saca a otro se me da mal con los amores, pero con las manías sí que ayuda.
¡Y llegó la luz! Justo cuando el ícono de carga de la PC estaba en rojito y la lamparita empezaba a parpadear. Si lo conozco bien, ahora el vecino entra a dormir. ¿Sigo trabajando o mejor lo imito? Quedan algunas fotos por...
¡Aaaaawwwww! Qué rico bostezo. ¿Si me duermo ahora soñaré con estos personajes? No estaría mal. Después de todo, ese es un modo de hacer visitas menos invasivo. Tal vez sea mejor un viaje astral que aparecerme de fly en sus puertas a pedir agua o café.
Sí, sí, a la cama: debo aprovechar este ratico de silencio. Buenas noches, Pasado... Te dejo a cargo, Inconsciente...
Te quedarás porque te doy cariño. / Te quedarás porque te doy amor. / O te quedas conmigo, mi vidaaaaa, / o no vuelvas más.

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