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martes, 24 de marzo de 2026

Por una nariz

El olfato es un sentido esencial, al menos para mí...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 24/03/2026
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Olfato
Debo confesar que antes de elegir amistades las huelo, y si su traza odorífica no me convence hay la más mínima posibilidad de empatizar (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

De todos los sentidos que usamos habitualmente, el más desarrollado en mi caso es el olfato. Pudiera decir que es una bendición porque detecto de qué están compuestos muchos platos sin probarlos; pero a la vez es maldición, porque cada aroma artificial en 20 metros a la redonda se siente como un puñetazo en este cerebro sinestésico, y algunos logran causarme migrañas en cuestión de segundos.

Sobre todo detesto las esencias elaboradas con extractos frutales o de flores mezclados arbitrariamente, tan empalagosos que casi los veo deslizarse por los axones de mis infelices neuronas y causarles un cortocircuito. ¡Ni hablar de quienes intentan esconder su olor natural con colonias chillonas y el resultado es un destilado acre, como de levadura y alcohol conservados en madera vieja!

Debo confesar que antes de elegir amistades las huelo, y si su traza odorífica no me convence hay la más mínima posibilidad de empatizar. Puedo aceptar que la persona sea fea, torpe, gruñona y hasta bruta: con todo eso logro congeniar y algo bueno saldrá de ahí, pero si su olor me afecta busco una excusa para distanciarme rápido, así sea belleza de novelas, erudito celestial o megainfluencer.

¿Con las parejas? ¡Pues claro que es lo mismo! Diría que peor, porque cuando en un cuerpo a cuerpo sale el tufillo propio de cada quien, mezcla de lo que comes y eres a nivel sutil, y ahí sí no hay estrategias que valgan para disimular la repulsión. Y no me critiquen, que sin sexo se puede vivir, pero sin respirar, ¡imposible!

En casa tengo una regla estricta: nadie que vaya a hacer estancia por más de cinco minutos puede usar perfume, y si es un desconocido no pasa de la sala (tengo una butaca junto a la ventana para mí).   

Díganme extremista, pero oler es un derecho vital. Es el único de los cinco sentidos que no se apaga ni al dormir, porque es tu sistema de alerta temprana; tanto que si intuyes peligro la expresión común es: Esto huele mal.

De más está decir que montar guaguas es todo un reto para mí. Sin embargo, no es peor que un espacio climatizado lleno de gente emperifollada: me agobia ese mejunje de maquillajes, jabones, detergentes y perfumes lujosos.

Menos mal que nuestro atribulado sistema límbico tiene sus mecanismos para protegerse de tales ataques. Uno de ellos es la incapacidad de evocar olores (te emocionas si hueles algo conocido, pero no al revés). El otro es no asimilar más de dos olores a la vez, y el tercero es limpiar con fragancias neutrales, como el café.

De hecho, el vicio cafetero lo adquirí en el Palacio de las Convenciones hace dos décadas, cuando atendía temas de salud para el períodico y cada semana tenía un nuevo congreso que cubrir. Era tan fuerte el estímulo olfativo que cada media hora de entrevistas o paneles necesitaba refugiarme en la cafetería unos minutos para resetear, pero el chico a cargo de los expresos se acomplejaba por tenerme ahí a cada rato (no sé si me creía acosadora o supervisora) y me lanzaba miradas cada vez más hostiles, así que por pena empecé a consumir el aromático néctar.

Aclaro que no estoy en contra de los perfumes per se. Tener uno está bien, siempre que sea estable, compatible con tu personalidad y favorable a tu piel (como la pareja, ya saben), y lo ideal es no compartirlo ni cambiar a cada rato por simple manía de probar, mucho menos imponerlo a los demás (ídem al paréntesis anterior).

Encontrar tu fragancia es un desafío que compensa con creces. Es agradable aplicar tres gotas en la mañana y que a la tarde alguien elogie tu olor, prueba de que eso es tuyo de verdad. Tengo amigas que prefieren agua de jazmín o de rosas hecha en casa, aceite de pachulí, sándalo u otra exclusividad personal. Mi favorito hace media vida es el Alicia, y a Jorge le queda estupendo el Deporte, pero es dificil de encontrar, así que emplea sucedáneos cuando sale a la calle sin mí.

Fue fácil convencerlo de no usar colonias ni desodorante en casa, porque nada le asienta mejor que su olor natural. Sobre todo cuando sudan sus velludos brazos por andar reparando cosas o moviendo muebles (a regañadientes) para complacer mis tendencias nómadas. ¡Qué mujer necesita afrodisiacos con ese elixir al alcance de su nariz!


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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