Ya pasó el mediodía y hay demasiado silencio en el cuarto de Jojo. ¿Habrá terminado la historieta o se acostó un rato para bajar el almuerzo? En la cocina ya todo está listo. Hoy no remoloneó en el baño ni se resistió a sacar la basura.
¿Se sentirá mal? Su diligencia es muy sospechosa. Se ve distraído, ensimismado, sin ganas de llevarme la contraria en nada. ¡Ni siquiera me reprochó por tener un drama chino de fondo mientras organizaba el presupuesto y doblaba ropa recién lavada!
Definitivamente, hay algo sospechoso detrás de esa calma, pero ahora su cuarto está semicerrado y me da cosita ir a husmear. Mejor vuelvo a la compu para adelantar trabajo y que el próximo lunes sea menos cargado, por si…
“¡Gooooooooool! ¡Tremeeeendo golazo! ¡Así se hace, coño, así se hace!!!!” (tatata tatata, pum, trash, puuum tatatatata…).
Juro que no me caí de la silla porque aún estaba en camino de sentarme y tenía ambas manos sobre la mesa, si no, el nalgazo en el suelo no me lo quitaba nadie.
Cierro los ojos, respiro profundo para bajar las palpitaciones y avanzo por el pasillo a todo dar. No quisiera perderme el espectáculo de ese gordo exultante, enardecido, y de paso debo verificar que no haya roto nada en su arranque.
Mientras me acerco, los gritos, risas y sonidos de golpes se repiten en varias casas de los alrededores. ¿Qué clase de histeria colectiva es esa? Abro Google para enterarme y entonces caigo en cuenta: es la semifinal de la copa mundial de fútbol y Argentina enfrenta a Inglaterra, enemigos jurados en la cancha y la vida política por muchísimas décadas.
Pero… ¿qué le pasó a mi hombre bonachón? ¿Dónde está el aire de recogimiento de esta mañana? ¿Qué tenía su cerveza para llevarlo a dar golpetazos, a riesgo de dañar el televisor?
Él apenas nota mi silueta en la puerta: sigue concentrado en el verdor que llena la pantalla. Su cuerpo reacciona con impulsos eléctricos, como intentando adivinar cada gesto de los corredores.
Sus ojos exaltados, su respiración superficial, sus músculos tensos y ese no-sentarse en la infeliz butaca me recuerdan una escena de una novela juvenil: el Djin Jotavich asistió a un partido con su amiguito ruso y al ver a veintidós hombres corriendo tras una única pelota se arrancó un pelo de la barba y… ¡cachaáaan! hizo caer del cielo balones para cada uno, creando un desorden total en el terreno y el público.
Huelga decirlo: en materia de deportes y farándula soy semianalfabeta (a mucha honra). Conozco todas las variantes con sus reglas, beneficios y riesgos, incluso algo de su historia, pero todo a un mero nivel racional: jamás he sido fanática de ningún atleta o equipo, y seguir las tribulaciones de un partido me irrita. Prefiero no ver más de dos minutos para no alterar mis nervios ni aburrirme de más.
En casi diez años de convivencia, es la primera vez que veo a Jojo tan fuera de sí con un partido. Usualmente disfruta los deportes con la misma calmada atención que dedica a los documentales de Rusia Today o las series de espionaje, sin exaltarse ni identificarse al punto de gritar a la pantalla con furia visceral, como muchos hombres que conozco, de verlos o de escuchar los chismes de sus respectivas parejas.
Por ejemplo, cierto camagüeyano muy jovial, cuando se trata de espectáculos deportivos tiene doble personalidad. Tan es así que su esposa ni se molesta en disputarle el mando del tv en temporada de copas, olimpiadas o series nacionales. Su consuelo es que, pase lo que pase, ella sale ganando con ese repunte de testosterona: cuando llega la noche, siempre la invitan a consolar la pérdida o celebrar el triunfo ajeno.
Otras no tienen tanta suerte. Una amiga guanabacoense optó por irse con las niñas de la casa porque a su marido le da por agredir y gritar obscenidades. Otra muchacha me contó que el novio apostó la moto, luego la casa y por último a ella, así que debió huir para no verse involucrada.
Menos mal que el mío no cae en esa destructiva adicción…
«¡Gooooooool! ¡Ahora sí no se escapan, ‘ooone! ¡Dale, dale, por Diego, por las Malvinas, por la mismísima madre que los parió a tojellos! ¡goooooooooool!».

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