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sábado, 29 de noviembre de 2025

La política del amor

Frente a un panorama que parece empujarnos hacia el distanciamiento, es justo preguntarse si existe una salida...

Reynaldo Zaldívar en Exclusivo 28/11/2025
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La política del amor
La política del amor (casasplatino)

Wolfgang Dircks vivía en un país de Europa Occidental, en un edificio de apartamentos. Sus vecinos habían notado su ausencia, pero ninguno fue capaz de tocar a su puerta. Hasta que un día el dueño del edificio decidió visitar el lugar, encontrando, como reportó el periódico australiano The Canberra Times, “un esqueleto sentado frente al televisor”. Sobre los restos mortales había una guía televisiva con fecha del 5 de diciembre de 1993: Wolfgang llevaba cinco años fallecido.

Cuatro años más tarde la revista La Atalaya apuntaba al respecto: “fue un ejemplo verdaderamente triste de la falta de interés por el prójimo”. Un ensayista en The New York Times Magazine fue más allá, describiendo cómo su propio vecindario, como muchos otros, se había convertido en una “colectividad de extraños”. Recordé este hecho cuando reflexionaba cuán difícil ha de ser para aquellas personas que viven solas y contraen alguna de las arbovirosis que azota nuestra región. Para muchos infectados, el simple gesto de levantar las manos con un vaso de agua se torna en una tarea sumamente dolorosa debido a los efectos que la enfermedad produce en las articulaciones. Cuanto más difícil les resultará prepararse el baño, los alimentos, salir a por medicinas o asumir el ritmo de una casa que aumenta de tamaño entre más se agudizan las dolencias.

En algunas regiones del planeta el contacto humano con desconocidos no va más allá de un simple “hola” cuando comparten el elevador, un gesto con la cabeza al coincidir en la acera o una sonrisa leve cuando salen a pasear las mascotas. En otras, se acostumbra llevar pastel o lasaña a los nuevos vecinos y desearles longevidad y dicha en el hogar, sin que esto sea más que un protocolo, que no implica directamente una invitación a ser amigos o ayudar en lo que les sea necesario. Sin embargo, en nuestro país es común que personas que nunca se han visto inicien una conversación en la parada de guaguas o terminen tras una taza de café luego de haber compartido en algún sitio previo. En nuestros campos se mantiene la costumbre de invitar a entrar a cualquiera que llegue a la casa, incluso antes de anunciar el motivo de la visita. Es común, además, saludar a todos los que pasan cerca o llamar a los vecinos para brindarles café recién preparado.

Esta manera de ser de los cubanos, que se erige como parte de nuestro patrimonio identitario, se ha visto afectada en el último quinquenio por varios factores que amenazan su permanencia. La covid-19, peligrosa pandemia que le robó miles de vidas al mundo, sobre todo en los años 2020 y 2021, obligó a la mayoría a permanecer en el hermetismo de su residencia, sin otros contactos que los más allegados o aquellos que veían por estricta obligación. Otro humano, sobre todo en los primeros meses de anunciarse el coronavirus, era un posible afectado, una puerta peligrosa hacia el contagio. Familias enteras quedaron aisladas, pese a encontrarse, incluso, a pocas cuadras de distancia.

Algunas costumbres de distanciamiento insisten en la actualidad, lo que hace que más personas de lo habitual prefieran que el contacto con otros sea limitado. A esto sumamos la compleja situación económica que vive el país desde los años 90 y acentuada tras la “Tarea Ordenamiento” (implementada a partir del 1ro. de enero de 2021), etapa donde se realizaron giros en el sistema económico cubano con el objetivo de paliar los agujeros monetarios dejados por la pandemia y el recrudecimiento de las medidas coercitivas del Bloqueo estadounidense contra la isla. La mayor parte de la población, carente de mecanismos para satisfacer las necesidades básicas, se refugió en más horas de trabajo y nuevas formas de empleo. El ritmo y la prolongación de la etapa ha traído consigo afectaciones directas a nuestras formas de comportamiento, y por tanto, en la construcción de un pensamiento social. El simple hecho de recibir visitas en casa lleva implícito el sobresalto de no tener algo que ofrecerles a los invitados.

Si bien podría analizarse otras causas que han incidido directamente en el comportamiento de los habitantes de esta isla en los últimos años, el propósito de este comentario es hacer un llamado a la reflexión.

¿Dónde están las soluciones?

Frente a un panorama que parece empujarnos hacia el distanciamiento, es justo preguntarse si existe una salida. La misma realidad nos la señala, tenue pero persistente, en los gestos que no se extinguen. Es en la herencia cultural que llevamos dentro y en la capacidad de organizarnos incluso desde la carencia. Lo vimos en la solidaridad brindada por las provincias que no fueron afectadas por el huracán Melissa para con aquellas que sí sufrieron daños; y lo vemos constantemente en hechos similares, donde prevalece el amor de unos para con otros.

Una posible solución, quizás la más poderosa, ya existe en nuestro ADN social: rescatar y adaptar esa tradición cubana de ver la calle y el barrio como una extensión de la casa. No se necesitan holgados recursos económicos para preguntar “¿cómo estás?”. Se trata de crear nexos, sin otro protocolo que no sea el de sabernos parte de un todo.

Ante la presión económica, es fácil encerrarse en la lucha por la supervivencia. Sin embargo, es precisamente en estas circunstancias cuando la cooperación se vuelve más crucial. Un sistema de apoyo mutuo, aunque sea mínimo – ofrecerse para comprar el pan del vecino enfermo, cuidar por media hora al niño de la madre exhausta, compartir una noticia alegre – puede tejer una red de contención que impida que alguien caiga en el olvido absoluto o la depresión. Cuando prevalece un estilo de vida frenético e individualista, se generaliza la soledad. Romper ese ciclo es un acto de resistencia cultural.

Hace unos días, mientras visitaba a una amiga enferma, vi como un grupo de personas se juntaban para rezar por la recuperación del barrio, donde se habían identificado muchos casos de dengue y chikungunya. A otros he visto acercarse a los enfermos de la cuadra con un poco de sopa, ofrecer su ayuda con las tareas de la casa, preocuparse por si tiene agua potable, o simplemente preguntar, de vez en cuando, por la recuperación de los afectados. No hay que tener muchos recursos para hacer el bien. O sí. Pero muy dentro del corazón. ¿De qué le serviría a un pueblo y sus males si le habitan hombres poderosos que no sienten el placer de compartir? De Martí aprendí sobre la “política del amor a la humanidad”, de la que no puede desertarse sin cometer delito. (OC. T1. Pág 336) Carencias, enfermedades, distanciamientos… serán términos que nos perseguirán más tiempo del que soñamos; lo que no perdonarán de nosotros las futuras generaciones es que eso termine borrando de nuestro código genético el altruismo y la cultura social que han construido todas las generaciones que nos antecedieron, donde un caso como el de Wolfgang Dircks seguirá sonando absurdo y aislado.


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Reynaldo Zaldívar

Escritor y martiano. Papá de Salma.


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