Casi bañada por las aguas del San Juan, despierta con los primeros rayos del sol la casona marcada con el número uno. Tal como en las fábricas se escucha el resonar de grandes maquinarias, en un edificio enclavado en la Plaza de La Vigía, son constantes las brisas sonoras de los libros en pleno nacimiento. Libros que por diferentes y amados, son únicos, cual hijos pródigos para una madre.
“Vigía es el libro que sorprende, es como que un telón se descorre y van a salir los personajes. Vigía es mucho de luz que da las artes visuales y es mucho de lirismo, mucho de esa prosa o ese verso hiriente, familiar, social”, explicó Agustina Ponce, directora de Ediciones Vigía.
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Creada por el poeta Alfredo Zaldívar, su editor principal hasta 1998, y guiada desde entonces por Agustina Ponce, Ediciones Vigía adquiere su nombre por la plaza fundacional de la ciudad, lugar donde se encuentra ubicada.
“Vigía es un proyecto que surge en el mismo centro de los ochenta por la necesidad de los jóvenes artistas reunidos alrededor de la casa del escritor, donde yo era coordinador.
“Yo sí tuve conciencia siempre de que la literatura necesitaba de la publicación, del impreso y empezamos a pensar cómo podíamos publicar. No había condiciones en esos momentos, la imprenta de cultura publicaba a los escritores ya reconocidos. A mí se me ocurre empezar a hacer estas ediciones; precisamente la noche del 25 de abril yo teclee Ediciones Vigía.
“Se me ocurrió ponerle así por el nombre de la plaza y también por lo que significa el vigía que vela, que cuida de nosotros y así empiezo a hacer aquella suerte de pergamino en un papel de cartucho, papel mulato, como le gustaba decir a Nicolás Guillén. Lo hice en forma de un tabaco con un anillo, un poco imitando el puro habano, algo muy simbólico para Cuba también.
“Fue un diseño muy improvisado y contenía un poema de Luis Lorente y otro de Alex Fleites que era invitado en esos momentos a hacer una lectura junto con Luis en la Casa del Escritor y ese primer programa fue ilustrado por Yovani Bauta y diseñado por mí.
“Empezamos a hacer pequeñas invitaciones con fragmentos de poemas con dibujos que se imprimían en la Dirección municipal de Cultura, con el papel que encontráramos”, recuerda Alfredo Zaldívar, poeta, Premio Nacional de Edición, fundador de Ediciones Vigía y hoy director de Ediciones Matanzas.
Bajo la lumbre del quinqué velador de sus destinos, sus libros poseen un sello original, ya sea por sus trazos que parecieran hechos al descuido, por la exquisita selección de sus textos o por lo peculiar de los materiales que le dan vida.
“Tuvo grandes artistas desde el principio. Diseñadores y artistas visuales muy importantes. Está el caso de Yovani Bauta, de Mayra Aguilar, de Irán Aguiar, que era muy joven pero muy talentoso. Estuvo Violeta Naranjo, Roque, Roberto González.
“Estuvieron tantos y están en estos momentos personas famosas de la artes visuales en Cuba como Rocío García, como Zaida del Río, pero sobre todo tuvo la impronta de Rolando Estévez.
“El mérito de la trascendencia de Vigía le cabe a Rolando Estévez. Sin la visualidad que él creó, Vigía no hubiera volado fuera de Matanzas. Él creó una conjugación de arte que es poco usual en el mundo del diseño actual. Estévez era un poeta que además el hombre del teatro, un artista visual, un gran crítico y un declamador por excelencia, nadie decía los textos como él. Entonces todo eso es Vigía.
“Vigía fue desde su fundación un hecho más literario que visual. Los primeros que la conformaron fueron personas que escribían por lo que, desde el punto de vista editorial, siempre fue muy fuerte y, desde el punto visual, tenía fortaleza que la había impregnado Estévez, pero si en algún momento él no estaba se iba a sentir vacía.
“No sé si fue una premonición, pero pensamos en algún momento que ejercitar a esos jóvenes en la hechura de ejemplares únicos iba a hacerlos volar y se atreverían a ser ejemplares de 200 copias y eso es el caso de Héctor Rivero, un poeta que empezó haciendo ejemplares suyos o Lorena Sabater, Elizabeth Valero”, sostiene Agustina.
“Se sumaron Raúl Rodríguez Borodino, Mayra Alpízar que fue la primera que puso un aplique en una edición. Luego vino Borodino e iluminó a mano 200 ejemplares de una invitación y realmente, dentro de todo aquel movimiento de artistas plásticos, la persona más cercana a mí era el poeta Rolando Estévez que trabajaba entonces como escenógrafo y diseñador en el grupo de teatro El Mirón Cubano.
“Un día me aparecí a buscarlo para que me ilustrara una invitación. Si mal no recuerdo era para un recital nada menos que de Luis Marimón y Estévez hizo uno dibujos bellísimos sobre esténcil. Ahí me di cuenta de que, además de un excelente poeta, era el mejor ilustrador posible, el mejor dibujante posible y empecé a solicitarle colaboraciones permanentemente.
“Desde entonces Estévez se vinculó a ese proyecto y, aunque nunca fue plantilla, en esos primeros quince años que yo dirigí la editorial, sí fue nombrado por mí como diseñador principal en casi todo lo que se hacía en Vigía.
“Siguieron colaborando otros pintores me acuerdo de Oliva, Roberto Braulio, en fin mucha gente colaboró con pequeños dibujos, con ilustraciones, pero realmente quien llevaba la voz cantante dentro de los plásticos era Estévez y finalmente Estévez empieza a conjugar todo eso que muchos fueron aportando a Vigía en aquellos primeros años y comienza a darle una coherencia, una estética y realmente fue él quien impuso la estética, quien hizo de la imagen de Vigía un sello”, afirma Alfredo.
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En el local de dos pisos, próximo a los márgenes del San Juan, se escucha fusionarse contantemente el sonido del cauce misterioso de las aguas del río con los cortes de tijeras, el roce de los papeles y el rasgado de las cartulinas.
Con trabajos originales, de impacto social y cultural, el sello editorial cobra una significación que va más allá de la peculiar manera de encuadernar sus páginas o de la belleza con que convierten en arte pedazos de papel desechable, trazos abandonados por una crayola, hojas que se sostienen con hilo y yute, tierra matancera sacada de cualquier patio, flores, metales, vidrio, plástico y cerámica.
“La casa que nosotros ocupamos, este edificio, tiene una historia y nosotros los vigías, los de antes y los de ahora, siempre decimos que hay espíritus que se mueven en la casa, espíritus traviesos que bajan por las escaleras y de pronto hacen alguna maldad.
“En el siglo XIX esto fue un almacén de música y Vigía heredó un edificio que era la Casa de la Trova, aquí crecieron las más importantes voces de la trova y de la cancionística matancera.
“Entonces la música tiene mucho que ver con esta editorial. Cuando Zaldívar la fundó era dirigente de la AHS y muchos jóvenes músicos como Robertico Medina, por ejemplo, que era un gran clarinetista que hoy es profesor y músico en República Dominicana, venía y mostraba no solo su arte sino que enseñaba a los niños, con sus estudiantes, de qué estaba compuesto un clarinete, cuál era la historia del instrumento, cómo sonaba y así pasó con todos los músicos con Rubén, con los Aguiar, con Frank Pablo Lauzurica, con Lázaro Horta que tenía una actividad fija mensual en vigía que era el piano de Lázaro, con Ernesto Pita, con Raúl Torres que no solo fue trovador, que no solo publicó en Vigía, que no solo cantó o leyó en Vigía, sino que también fue programador de la Casa de las Trova.
“Pienso que la música está siempre. Vigía también publica música, ediciones musicales. El teatro también está todo el tiempo. Todas las artes están porque eso es Matanza también, la hermandad de las artes, porque tú no concibes una actividad en Matanzas que no tenga de música, de artes visuales, de teatro.
“Vigía no es más que eso: la repetición del hecho artístico que se viene consumando en la ciudad, desde el siglo XIX y, seguramente, desde antes”, sostiene Ponce.
Ediciones Vigía se destaca en la realización de libros, plaquettes, revistas y catálogos con materiales rústicos, elementos naturales, textiles y desechos industriales, propuestas iluminadas a mano, firmadas por sus autores y numeradas.
En sus inicios su propósito era dar a conocer a los jóvenes escritores de la ciudad de Matanzas, muchos con gran talento, pero desconocidos para las demás editoriales. Poco después el éxito del proyecto conllevó a que se extendiera a la divulgación de lo mejor de la creación artística nacional y universal.
“Empezaron a llegar escritores, artistas de todas partes de Cuba. Comenzamos a publicar fundamentalmente a los poetas de los ochenta y estoy pensando ahora mismo en Teresa Melo, Sigfredo Ariel, León Estrada, Nelson Simón.
“Muchos de los que hoy son grandes escritores de la literatura cubana empezaron sus primeras publicaciones allí y muchísima gente colaboró con nosotros también desde el extranjero, en fin, fue un proceso muy hermoso, muy bello lo que vivimos en toda esa etapa.
“Desde luego hubo algo muy importante para Ediciones Vigía que fue la llegada de Laura Ruiz en el 89. Que Laura siga en esa institución con su impronta como poeta, como editora, como intelectual, me parece a mí fabuloso.
“Posteriormente empezaron a llegar otros escritores: Fayad Jamís, en el 87, hasta Cintio y Fina que empiezan a publicar con nosotros. En el año 90 publicamos Créditos de Charlotte, Eliseo Dulce María Loynaz, Roberto Fernández Retamar, Anton Arrufat, Nancy Morejón”, rememora el editor, poeta y promotor".
Cada año, en tiradas de 200 ejemplares, Vigía publica literatura cubana y extranjera en nueve colecciones y dos revistas. La excelencia estética de sus propuestas le ha merecido Premios de la Crítica Literaria, del Salón Nacional de la Gráfica y de eventos como la Feria Internacional del Libro de La Habana y el concurso El Arte y el Libro.
Las obras de Ediciones Vigía figuran además entre los fondos de prestigiosas bibliotecas y centros de arte del mundo como el Museo de Arte Moderno y el Centro de Estudios Cubanos, en Nueva York, el Instituto Cervantes, de Viena y la Universidad de Guadalajara, en México, como argumenta Zaldívar Muñoa.
“Casi todos los grandes escritores cubanos han entrado al catálogo de Ediciones Vigía que se convirtió en una editorial muy reconocida también en el extranjero, comenzó a visitar ferias internacionales, a hacer giras promoviendo su trabajo y llegó a los fondos de grandes bibliotecas del mundo: la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, la Biblioteca del Centro Atlántico de Arte Moderno de Canarias, bibliotecas públicas nacionales de San José, de Costa Rica, de México, en fin, universidades, muchas universidades de Estados Unidos conservan y fundamentalmente la Universidades de Miami conserva una colección enorme muy bien conservada”.
Este constituye el único exponente de su tipo en la historia de la literatura cubana. Para orgullo nuestro Ediciones Vigía se parece a Matanzas, pero aún más al matancero.
“Yo creo que Vigía es una extensión de la ciudad de Matanzas. Siempre digo que Vigía no podía haber tenido cuna en otra ciudad de Cuba, tiene mucho que ver con el espíritu de matancero, de la vida hacia adentro, de tener la casa como refugio de transeúntes, del amigo, del familiar.
“Vigía también que es como la extensión de algo que sucedió en Matanzas en el siglo XIX que tuvo mucho que ver con las tertulias, con Domingo del Monte o con la familia de los Jimeno, Lola María y Lola Cruz; tiene mucho que ver con Milanés, tiene mucho que ver hasta con Seboruco y sus pregones porque es un refugio de intelectuales muy centrados e intelectuales que han ido perdiendo un poco la razón.
“Yo creo que también tienen mucho que ver con lo que Medardo Vitier acuñó como la matanceridad. Vigía es la visión de una ciudad a través los libros.
“Está en la casa más antigua de una plaza fundacional, de una ciudad que está llena de ríos, pero también tiene una bahía prodigiosa. Vigía está ahí, la mira, la guarda; así que yo creo que Vigía es Matanzas, considera Agustina.
“Con las escases que hay los desafíos son muchos, pero la gente de Vigía son seres especiales. Aquí solo llegan seres de luz. Tú dices en Vigía que no podremos hacer un libro porque no tenemos determinado material y la gente lo trae, se lo quita de su casa o se lo dice a un amigo y su amigo lo trae.
“No me gusta decir que Vigía es una, dos, tres personas, Vigía es Matanzas, es cada habitante de la ciudad que sabe de nuestra escases y nos traje una bolsita con retazos o con files usados pero que nos sirven a nosotros para reusarlos, o con hilitos o con papel, y así vive Vigía y así sigue.
“Yo creo que va a vivir por mucho tiempo porque la ciudad, la gente que la habita se siente orgullosa de lo que es. Vigía es un hecho artístico de la ciudad, que ha crecido, que tiene vida propia y no morirá.
“Todo eso cercano a la historia de Matanzas estuvo y está en Vigía. Creo que es un proyecto único; fue la primera gran editorial del libro arte en Cuba y va a ser muy difícil que no lo siga siendo porque es un proyecto que nació y vivió de verdad en la esencia de la cultura, no solo matancera sino cubana y que, por supuesto, tiene ribetes universales.
“Es hermoso que cumple 41 años ya y que siga todavía entregando la literatura matancera, cubana y universal, con ese brillo de lo iluminado a mano”.
“Un texto confeccionado por Ediciones Vigía, no puede ser menos que un tesoro único”.

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